Durante años, el debate sobre la participación de delegaciones puneñas en las celebraciones por el aniversario de Arequipa ha dividido a la población. Cada agosto, mientras algunos aplaudían la presencia de danzas de la Festividad de la Virgen de la Candelaria en el Corso de la Amistad, otros cuestionaban que una actividad creada para rendir homenaje a la Ciudad Blanca terminara incorporando expresiones culturales ajenas a su propia tradición. El resultado siempre fue el mismo: una discusión que trascendía el ámbito cultural para convertirse en un enfrentamiento entre arequipeños y puneños.
Este año, sin embargo, ocurrió algo distinto. La Asociación Provincial Puno y la Federación de Luces de la Candelaria anunciaron que no participarán en el Corso de la Amistad del 15 de agosto. En lugar de ello, realizarán el 8 de agosto un Festival de Luces como homenaje a Arequipa, decisión que, según explicaron, responde a un compromiso de respeto hacia las festividades de la ciudad.
Más allá de las reacciones que esta decisión ha generado en redes sociales, donde abundan comentarios de aprobación e incluso otros con un tono de rechazo hacia la comunidad puneña, conviene analizar el verdadero significado de este gesto. No se trata de una derrota para una cultura ni de una victoria para otra. Se trata, sobre todo, de comprender que cada celebración posee una identidad que merece ser preservada.
El Corso de la Amistad nació como una actividad destinada a destacar las tradiciones, la historia y el patrimonio de Arequipa. En ese contexto, resulta razonable que las expresiones culturales arequipeñas ocupen el papel protagónico. Del mismo modo, la Festividad de la Virgen de la Candelaria, reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, tiene su propio espacio, su propia historia y un significado profundamente ligado a la identidad de Puno. Ambas manifestaciones poseen un enorme valor cultural, pero cada una responde a contextos distintos.
Respetar esa diferencia no implica excluir ni discriminar. Por el contrario, significa reconocer que la diversidad cultural del Perú también se fortalece cuando cada pueblo puede celebrar sus tradiciones sin que estas pierdan su esencia. La riqueza cultural del país no depende de mezclar todas las expresiones en un mismo escenario, sino de valorar cada una en el lugar y el momento que le corresponde.
Lamentablemente, parte del debate se ha trasladado a las redes sociales con mensajes que poco aportan a una discusión seria. Comentarios como «Aquí no es Puno» o «Que se vayan a bailar a Puno» reflejan un problema que va más allá del corso: la facilidad con la que las diferencias culturales pueden convertirse en motivo de enfrentamiento.
También es cierto que durante años las autoridades evitaron abordar este debate con claridad. La ausencia de criterios definidos sobre el objetivo del Corso de la Amistad permitió que cada edición reabriera una polémica que terminaba enfrentando a ciudadanos que, en muchos casos, conviven diariamente, trabajan juntos e incluso forman familias entre ambas regiones. La organización de una festividad no puede depender cada año de la presión ejercida en redes sociales; requiere reglas claras y una visión cultural de largo plazo.
La decisión adoptada este año por las organizaciones puneñas demuestra que el diálogo puede ofrecer mejores resultados que la confrontación. Lejos de interpretar su ausencia como un acto de exclusión, puede entenderse como una muestra de madurez institucional y de respeto hacia la identidad de las fiestas arequipeñas, sin renunciar por ello a compartir su riqueza cultural mediante una actividad propia organizada días antes.
El Perú es un país construido sobre la diversidad. Arequipa y Puno han aportado, cada una desde su historia, expresiones culturales que enriquecen el patrimonio nacional. Esa diversidad no debe convertirse en motivo de rivalidad permanente. Al contrario, debería enseñarnos que valorar lo propio y respetar lo ajeno son dos principios que pueden convivir perfectamente.
Quizá la verdadera lección que deja esta decisión no sea quién participa o quién deja de participar en un desfile. La lección es que el respeto mutuo siempre será una mejor forma de preservar la identidad cultural que cualquier enfrentamiento. Porque las tradiciones sobreviven cuando son valoradas por quienes las practican, pero también cuando son respetadas por quienes las observan desde otra realidad.

