miércoles, julio 22, 2026
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El sismo en Junín reabre el debate sobre la preparación de Arequipa

Las alarmas de los celulares apenas dejaron unos segundos de ventaja antes de que la tierra comenzara a sacudirse. En Pumpunya, una localidad de la región Junín, el movimiento bastó para cambiar el paisaje: paredes agrietadas, viviendas de adobe reducidas a escombros y familias que, en cuestión de segundos, tuvieron que abandonar lo poco que habían construido. Cuando el sismo terminó, el silencio fue reemplazado por el sonido de quienes buscaban a sus familiares entre el polvo.

La escena ocurrió a cientos de kilómetros de Arequipa, pero el temor encontró un camino conocido. Aquí, donde los temblores forman parte de la memoria colectiva, cada noticia sobre un sismo fuerte vuelve a despertar una pregunta que rara vez encuentra una respuesta definitiva: ¿estamos realmente preparados?

No hace falta mirar muy atrás para recordar cómo la tierra también ha interrumpido la rutina de los arequipeños. En los últimos años, los movimientos registrados frente a la costa de Caravelí, Yauca y otras zonas del sur del país hicieron que oficinas, colegios y viviendas fueran evacuados en cuestión de segundos. Las calles se llenaron de personas que, por algunos minutos, dejaron todo atrás mientras esperaban que el suelo dejara de moverse.

Después llega la calma. Las conversaciones cambian de tema, las mochilas de emergencia vuelven a guardarse y las rutas de evacuación dejan de llamar la atención. Sin embargo, el riesgo permanece. Arequipa se encuentra en una de las zonas de mayor actividad sísmica del país y, aunque los simulacros son frecuentes y las autoridades insisten en la importancia de la prevención, todavía existen viviendas construidas sin asesoría técnica y familias que desconocen cómo actuar durante una emergencia.

Lo ocurrido en Pumpunya recordó que un sismo no solo se mide por su magnitud, sino también por las condiciones en las que encuentra a una población. Una casa de adobe, una construcción informal o la falta de preparación pueden convertir un movimiento moderado en una tragedia.

Quizá por eso cada temblor, por breve que sea, deja la misma sensación en Arequipa. Durante unos segundos todos miran al suelo esperando que deje de moverse. Después la rutina regresa, el tránsito continúa y las puertas vuelven a abrirse. Pero la pregunta sigue ahí, tan firme como la falla geológica que atraviesa el sur del país: cuando llegue el próximo sismo fuerte, ¿estará Arequipa lista para enfrentarlo?

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