Las imágenes de decenas de escolares desmayándose durante el desfile «Campeón de Campeones» en Arequipa dejaron una pregunta difícil de ignorar: ¿hasta qué punto una celebración cívica justifica poner en riesgo la salud de quienes participan en ella?
Una gran cantidad de estudiantes terminaron siendo atendidos luego de permanecer durante horas bajo un intenso sol, esperando su turno para desfilar. Lo que debía ser una jornada de orgullo terminó convirtiéndose en una emergencia.
Cada julio, el país revive una tradición que pocas veces se cuestiona. Los desfiles escolares son presentados como una expresión de amor por la patria, pero rara vez nos detenemos a analizar si realmente cumplen ese propósito. ¿El patriotismo se demuestra marchando con disciplina? ¿La identidad nacional depende de la precisión de un paso marcial o de la perfección de una formación? Son interrogantes que merecen una reflexión más profunda.
Con el paso de los años, estas actividades han adquirido un carácter competitivo que parece haber desplazado su sentido original. La atención ya no está centrada en recordar la independencia del Perú ni en fortalecer la formación ciudadana, sino en obtener el reconocimiento al mejor desfile. Los colegios invierten semanas de preparación, los estudiantes ensayan durante largas jornadas y los padres acompañan el proceso con la expectativa de conseguir un buen resultado.
En medio de esa competencia, el verdadero objetivo del civismo queda relegado. El desfile deja de ser un espacio para fortalecer valores y termina pareciéndose más a una competencia deportiva, donde el éxito se mide por la sincronización de los movimientos y no por el aprendizaje de la historia o el compromiso con el país.
Desde hace varios años, distintas instituciones han propuesto alternativas para renovar estas celebraciones. Una de ellas fue la planteada por la Asociación Civil Transparencia, que sugirió reemplazar la competencia marcial por actividades que incentiven el conocimiento del Perú desde otras perspectivas.
Después de todo, el amor por un país no nace de repetir una marcha, sino de comprender su historia, valorar su diversidad y reconocer tanto sus logros como sus problemas. Formar ciudadanos críticos e informados debería ser el principal propósito de cualquier actividad cívica organizada por las instituciones educativas.

