Cada vez que se conoce un nuevo caso de suicidio en Arequipa, la noticia ocupa titulares por unas horas. Se informa el lugar, la edad de la víctima y las circunstancias del hecho. Luego, el tema desaparece de la agenda pública hasta que ocurre otro caso. Así, una tragedia profundamente humana termina reducida a una cifra más.
Lo preocupante es que los números continúan creciendo. Arequipa ha figurado entre las regiones con mayor cantidad de suicidios del país en los últimos años, una realidad que ha llevado incluso a las autoridades regionales a diseñar un Plan Regional de Salud Mental con énfasis en la prevención del suicidio.
Sin embargo, el problema no puede analizarse únicamente desde las estadísticas. Detrás de cada caso hay una persona que probablemente convivió durante mucho tiempo con sufrimiento emocional, depresión, ansiedad, violencia, problemas familiares o una sensación de desesperanza que, muchas veces, pasó inadvertida para quienes la rodeaban. Pensar que el suicidio responde a una sola causa sería simplificar una realidad mucho más compleja.
La salud mental sigue siendo uno de los temas más olvidados en nuestra sociedad. Mientras una fractura o una enfermedad física reciben atención inmediata, hablar de depresión, ansiedad o pensamientos suicidas continúa siendo motivo de vergüenza para muchas personas. Aún persisten frases como «todo está en tu cabeza», «échale ganas» o «ya se te va a pasar», expresiones que, lejos de ayudar, pueden hacer que quienes sufren decidan guardar silencio.
Tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad al sistema de salud. Si bien es necesario fortalecer los servicios de atención psicológica y psiquiátrica, ampliar la cobertura y reducir los tiempos de espera, la prevención comienza mucho antes de ingresar a un consultorio. Empieza en casa, cuando aprendemos a escuchar sin juzgar; en las escuelas, cuando se enseña educación emocional; en los centros de trabajo, donde el bienestar psicológico debería tener la misma importancia que la productividad; y en los medios de comunicación, que tienen la responsabilidad de informar con sensibilidad y sin convertir estas tragedias en espectáculos.
En Arequipa ya se han dado algunos pasos para enfrentar esta problemática mediante acciones coordinadas entre el sector Salud, Educación, la Policía y otras instituciones. No obstante, la efectividad de estos esfuerzos dependerá de que la prevención deje de ser una reacción ante las cifras y se convierta en una política permanente.
Como sociedad, también debemos preguntarnos qué estamos dejando de ver. Vivimos en una época donde resulta fácil conocer lo que alguien publica en redes sociales, pero difícil notar cuándo esa misma persona necesita ayuda. La hiperconectividad no siempre significa cercanía emocional. Muchas personas enfrentan sus problemas en silencio, convencidas de que nadie comprenderá lo que sienten.
Hablar del suicidio no provoca más suicidios; hablar de él de manera responsable puede salvar vidas. Romper el estigma, fomentar espacios de escucha y facilitar el acceso a la atención psicológica son acciones que pueden marcar la diferencia antes de que una crisis llegue a un punto sin retorno.
Arequipa necesita seguir invirtiendo en infraestructura, seguridad y desarrollo económico, pero también debe comprender que ninguna ciudad puede llamarse verdaderamente próspera si sus ciudadanos enfrentan solos su sufrimiento emocional. Cuidar la salud mental no es un lujo ni un tema secundario; es una responsabilidad colectiva.
Porque detrás de cada cifra hay una familia que nunca volverá a ser la misma. Y cuando una sociedad pierde una vida que pudo haber sido acompañada, escuchada o atendida a tiempo, la pérdida es de todos.
Por: J.O.

