Las fallas técnicas son parte de la realidad de cualquier sistema de salud. Los equipos se desgastan, requieren mantenimiento y, en ocasiones, dejan de funcionar. Sin embargo, cuando la avería de una máquina interrumpe tratamientos oncológicos y deja a decenas de pacientes en incertidumbre, el problema deja de ser técnico para convertirse en una cuestión humana.
Desde el 11 de mayo, el acelerador lineal del Hospital Carlos Alberto Seguín Escobedo de EsSalud en Arequipa permanece fuera de servicio. Como consecuencia, alrededor de 70 pacientes no han podido continuar o iniciar sus sesiones de radioterapia, un tratamiento fundamental en la lucha contra diversos tipos de cáncer.
La situación resulta especialmente preocupante porque la radioterapia no es un procedimiento que pueda postergarse indefinidamente. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que el acceso oportuno al tratamiento es un factor clave para mejorar la supervivencia de los pacientes oncológicos. En otras palabras, el tiempo importa. Y mucho.
Frente a esta emergencia, EsSalud informó mediante un comunicado emitido el pasado 10 de junio que garantizaría la continuidad de los tratamientos a través de servicios especializados externos mientras se restablece la operatividad del equipo. Sobre el papel, la medida parece razonable. Sin embargo, los pacientes denuncian que las derivaciones anunciadas no se han concretado.
El caso de Juan Gutiérrez Valencia refleja la preocupación de decenas de familias. Según relató, su tratamiento quedó suspendido cuando había completado 15 de las 28 sesiones programadas. Más allá de los aspectos médicos, la interrupción genera ansiedad, temor e incertidumbre en personas que enfrentan una de las enfermedades más complejas de nuestro tiempo.
Lo más preocupante es la aparente contradicción entre la versión oficial y la experiencia de los pacientes. Mientras la institución asegura que existe una alternativa para garantizar la continuidad de las terapias, los afectados sostienen que la atención en establecimientos privados no se ha materializado debido a problemas administrativos. Si ello es cierto, el problema ya no sería únicamente la avería de un equipo médico, sino la incapacidad de ejecutar una solución anunciada públicamente.
La salud pública no puede depender de promesas que tardan semanas en concretarse. Cuando se trata de pacientes oncológicos, cada día cuenta. Cada sesión suspendida representa una preocupación adicional para quienes ya enfrentan una batalla física y emocional contra la enfermedad.
Este episodio, además, se suma a otros cuestionamientos recientes dirigidos a EsSalud. En mayo, pacientes renales realizaron protestas denunciando dificultades relacionadas con el abastecimiento de medicamentos. Aunque ambos casos son distintos, revelan una misma preocupación: la fragilidad de los mecanismos que deberían garantizar la continuidad de tratamientos esenciales.
Por supuesto, nadie espera que una institución esté libre de problemas. Lo que sí se espera es capacidad de respuesta. Los asegurados no buscan explicaciones técnicas ni procesos administrativos interminables. Buscan algo mucho más simple: recibir el tratamiento que necesitan para preservar su salud y, en muchos casos, su vida.
Los pacientes afectados han anunciado que evalúan iniciar acciones legales contra EsSalud por una presunta vulneración de sus derechos. Independientemente de lo que determinen los tribunales, la situación debería servir como una llamada de atención para las autoridades sanitarias. La verdadera eficiencia de un sistema de salud no se mide cuando todo funciona correctamente, sino cuando enfrenta una crisis.
Mientras continúan las evaluaciones técnicas del acelerador lineal, decenas de pacientes siguen esperando respuestas concretas. Y en la lucha contra el cáncer, esperar nunca debería ser una opción.

