La política peruana vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos depositando expectativas en promesas electorales mientras las necesidades de la ciudadanía permanecen? Entre la polarización, la desinformación y las dificultades cotidianas, exigir resultados no debería ser un privilegio, sino un derecho.
«Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». Entonces, ¿cómo llegó el Perú a confiar nuevamente en el fujimorismo? Keiko Fujimori intentó llegar a la presidencia en más de dos ocasiones, pero ¿qué cambió para que volviera a generar expectativas? En un país donde el antifujimorismo y el rechazo a la izquierda marcan parte del debate político, las identidades también se construyen desde la oposición al otro. Como explica el politólogo Carlos Meléndez, autor de El mal menor, «el rechazo genera identidades».
La política, sin embargo, no se desarrolla al margen de la vida cotidiana. Los mensajes manipulados, las mentiras disfrazadas de verdades posibles y los calificativos se normalizan durante los procesos electorales. Frente a ello, se insiste en la importancia del voto informado, pero ¿cómo informarse cuando se trabaja más de ocho horas al día por un sueldo mínimo, cuando el transporte público consume buena parte del tiempo o cuando los servicios de salud están saturados? La ciudadanía debe elegir, pero también enfrenta una realidad que le deja poco tiempo para comprender todo lo que ocurre en el país.
Ahora, Keiko Fujimori pide paciencia y sostiene que no se pueden obtener resultados en quince días. Pero ¿quién espera que todos los problemas del Perú se resuelvan de inmediato? La cuestión no es exigir soluciones mágicas, sino preguntarnos por qué debemos conformarnos con discursos cuando las necesidades siguen ahí. Su trayectoria política y su respaldo a su padre, Alberto Fujimori, también forman parte de una historia que merece ser recordada y cuestionada.
Parece que nos hemos acostumbrado a recibir lo mínimo y agradecerlo como si fuera suficiente. Nos piden paciencia, comprensión y confianza, mientras millones de ciudadanos continúan enfrentando dificultades. Reclamar se ha convertido, para muchos, en una incomodidad; sin embargo, exigir que se cumplan nuestros derechos no debería causar vergüenza. No es conformismo aceptar que los problemas son complejos, pero sí lo es renunciar a exigir respuestas.
El Perú no necesita ciudadanos que entreguen un cheque en blanco a sus gobernantes, sino personas capaces de recordar, cuestionar y exigir resultados. Porque cuando confundimos promesas con soluciones y paciencia con resignación, terminamos aceptando las mismas migajas. La pregunta no es cuánto más debemos esperar, sino por qué seguimos creyendo que exigir lo que nos corresponde es pedir demasiado.

