En cada proceso electoral, el debate sobre propuestas parece quedar relegado frente a un fenómeno que persiste desde hace décadas: la discriminación contra los votantes del interior del país. Especialistas advierten que el racismo se ha convertido en una herramienta para desacreditar opiniones políticas y reforzar las fracturas sociales del Perú.
A pocos días de la segunda vuelta presidencial, un comentario publicado en redes sociales volvió a poner el racismo en el centro de la discusión pública. El influencer conocido como «Cristo Rata» descalificó a los ciudadanos puneños con expresiones ofensivas que cuestionaban su capacidad para decidir el futuro del país. Aunque las declaraciones fueron rechazadas por el Ministerio de Cultura, el episodio volvió a evidenciar un problema que suele intensificarse durante las campañas electorales: la utilización del origen, la cultura o la procedencia geográfica como argumentos para desacreditar el voto de millones de peruanos.
Detrás de publicaciones de este tipo existe una idea más profunda: que algunos ciudadanos valen menos que otros por haber nacido en determinadas regiones del país. Para especialistas consultados, esta narrativa no solo alimenta la polarización política, sino que también debilita la convivencia democrática.
El racismo como estrategia política
El psicólogo social y político Agustín Espinosa explica que estos discursos no aparecen por casualidad. Responden a prejuicios históricos que resurgen con mayor fuerza en periodos electorales.
«Existe una dimensión sociocultural donde el origen geográfico y el aspecto físico son utilizados para restar legitimidad a otros ciudadanos. Al mismo tiempo aparece una dimensión psicológica basada en el miedo, que presenta al otro como alguien incapaz de tomar decisiones racionales», sostiene.
Según el especialista, este mecanismo permite justificar socialmente que determinados sectores sean considerados menos capaces de elegir a sus representantes, convirtiendo la identidad cultural en un motivo de exclusión política.
Cuando la política deja de discutir propuestas
El politólogo Fernando Tuesta advierte que la creciente polarización ha deteriorado el debate electoral. En lugar de confrontar ideas o programas de gobierno, las campañas terminan enfrentando identidades sociales.
El resultado es un escenario donde el elector de las regiones andinas deja de ser visto como un ciudadano con derechos para convertirse en el responsable de los resultados electorales que incomodan a determinados sectores.
Una postura similar sostiene el investigador del Instituto de Estudios Peruanos, Jorge Aragón, quien explica que estos discursos aparecen especialmente cuando las diferencias políticas coinciden con fracturas históricas entre Lima y las regiones.
En esos contextos, el racismo funciona como una estrategia para desacreditar el voto del adversario y construir una supuesta superioridad moral sobre quienes piensan diferente.
Más que un insulto
Para el abogado y especialista en derechos humanos Wilfredo Ardito, el problema no se limita a palabras ofensivas.
Ridiculizar alimentos tradicionales como el mote o el chuño, burlarse del acento o cuestionar el lugar de origen significa atacar símbolos profundamente ligados a la identidad de miles de familias peruanas.
Desde la antropología, Norma Fuller sostiene que este tipo de discursos responden a una visión centralista que históricamente ha considerado al poblador andino como un ciudadano con menor capacidad intelectual. Bajo esa lógica, las diferencias culturales dejan de entenderse como parte de la diversidad del país y pasan a convertirse en argumentos para justificar desigualdades.
El daño que permanece después de las elecciones
Aunque muchas expresiones racistas nacen en redes sociales, sus consecuencias trascienden el espacio digital.
Jennifer Mamani Puma, presidenta de la organización Hablemos de Racismo, explica que estos mensajes afectan directamente la autoestima y la identidad de quienes los reciben.
«Cuando una persona escucha constantemente que su origen vale menos, puede terminar ocultando sus costumbres, avergonzándose de su lengua o negando sus raíces para ser aceptada socialmente», afirma.
La especialista advierte que uno de los mayores obstáculos para combatir el racismo es su normalización bajo frases como «es solo una broma» o «es humor negro».
«Detrás de esos comentarios existe una violencia que muchas veces pasa desapercibida, pero que afecta especialmente a niños y adolescentes que están formando su identidad», señala.
Para explicar este proceso, recuerda el poema «Me gritaron negra» de Victoria Santa Cruz, donde el descubrimiento del rechazo comienza desde la infancia y termina marcando profundamente la construcción de la identidad personal.
Una democracia que todavía tiene una deuda
El Perú cuenta con normas que prohíben la discriminación por origen, raza o cualquier otra condición. La Constitución garantiza la igualdad ante la ley y el Código Penal sanciona los actos de discriminación e incitación al odio, especialmente cuando son difundidos mediante plataformas digitales.
Sin embargo, para los especialistas consultados, el problema no se resolverá únicamente mediante sanciones.
Iniciativas como el Teatro Foro «Hablemos de Racismo» buscan trabajar desde la educación para que niños y jóvenes identifiquen los prejuicios antes de que se conviertan en prácticas normalizadas. Del mismo modo, el Ministerio de Cultura mantiene activa la plataforma Alerta Contra el Racismo, donde los ciudadanos pueden denunciar actos discriminatorios ocurridos tanto en espacios públicos como en internet.
Más allá de las urnas
Cuando concluye una elección, los resultados cambian gobiernos, pero no necesariamente transforman las relaciones entre los ciudadanos. Las campañas pasan, los candidatos cambian y los discursos políticos se renuevan; sin embargo, las fracturas sociales permanecen.
Las voces consultadas coinciden en que el verdadero desafío para la democracia peruana no consiste únicamente en garantizar el derecho al voto, sino en asegurar que ningún ciudadano vea cuestionada su dignidad por el lugar donde nació, por los alimentos que consume o por la cultura a la que pertenece.
Mientras el racismo continúe utilizándose como una herramienta para desacreditar al adversario político, el debate democrático seguirá perdiendo espacio frente al prejuicio. Porque una elección no debería decidir quién gobierna únicamente por cinco años; también debería recordar que todos los peruanos tienen el mismo derecho a ser escuchados, independientemente de la región desde la que ejerzan su ciudadanía.

